lunes 9 de noviembre de 2009

Autoridad de los maestros y corrupción de los políticos

Queridos amigos:
Os dejo un artículo que ha publicado mi buen amigo Sebastián Montiel, y que me parece extraordinario.

"En Roma, dice Mommsen, la “auctoritas patrum”, la autoridad que ejercía el Senado, se oponía a la “potestas” y al “imperium” que detentaban los magistrados y el pueblo respectivamente. Así, el poder derivaba de la función social. La autoridad, por el contrario, de la condición personal. Por eso, el pensador italiano Giorgio Agamben habla de la tradición legal de la “potestas” y de la tradición biopolítica de la “auctoritas”. Este último término, lo mismo que los vocablos “autor” y “actor”, tiene su raíz en el verbo latino “augeo” (aumentar). Para poder ser autores y actores de nuestra propia vida tenemos necesidad de ser “aumentados” por la autoridad de otros. De ahí que dicha autoridad sea para nuestro ser algo muy distinto del poder. El poder siempre fluye por cauces(¿ríos, arroyos, acequias?) legales que en nuestras sociedades modernas son cada vez más abstractos (papeletas de votos, votos electrónicos) porque corresponden a expresiones de voluntad de hombres abstractos (individuos). La autoridad, en cambio, se transmite por cauces vitales (venas, arterias, nervios), concretos. Así, por ejemplo, la autoridad de un maestro judío proviene siempre de la imposición de manos de otros, de forma que ese acto físico, llamado “semijá”, da nombre en hebreo a la autoridad, que no al poder civil.

Agamben dice también que la “auctoritas” está ligada personalmente al “patres” y, en ese sentido, está más próxima que la “potestas” al concepto de “carisma” que usa Weber. (Sería inútil recordar el origen cristiano de ese término.) En la persona que tiene autoridad, por tanto, la vida pública y la privada se hacen inseparables. Es revelador a este respecto que Augusto, el primer emperador romano que reclamó para sí la “auctoritas” en base a su condición de “princeps” (en un famoso pasaje de la Res Gestae, en el año 27 a.C.), abrió por esa razón su casa a la inspección pública. En cambio, nuestros semejantes investidos de la “potestas” del estado moderno no sólo aceptan la separación entre vida pública y vida privada, sino que la reclaman para sí mismos como agua de mayo y se burlan de forma inmisericorde cuando en las sociedades anglosajonas, especialmente en los Estados Unidos, se considera que, si un político engaña a su mujer, es muy probable que también engañe a los demás. Para convencernos de que esto no es verdad, nuestros hombres públicos cuentan con la justificación de muchos intelectuales, algunos próximos al campo de la ética, y la complicidad casi total de la prensa. Tales intelectuales recogen así “religiosamente” la más pura tradición liberal, depurada en el kantismo, del hombre abstracto, voluntad pura. El caso de los periodistas es diferente y pienso que la complicidad proviene, más que de un análisis intelectual, de la pura solidaridad (humana, demasiado humana). No puedo dejar de recordar a mi admirado Carlos Díaz, catedrático de filosofía de la Complutense, tan injustamente relegado al silencio (público), al que una vez escuché decir que, si un político (hablaba de un caso concreto) alardea ante otras personas de haber metido la mano en el escote de la mujer de su más “íntimo” compañero de partido, ¿en virtud de qué puede convencernos de que no ha metido la mano en el cajón del ministerio? Casi con seguridad, nuestro intelectual cartesiano-kantiano de tipo medio evocaría como excusa la pretendida ley (científica, eso sí) de la separación ética entre los escotes y los cajones, afirmando que, precisamente, los escotes caen del lado privado de la vida y los cajones del lado público. Se desvanecería así la posible confusión entre trincar un escote (privado) y trincar a escote (del cajón, público).

La identificación moderna entre autoridad y poder, que en realidad es la suplantación paulatina de la primera por el segundo, opera en todos los ámbitos sociales. No conoce espacios exentos ni separaciones salvadoras del estilo del dualismo público/privado que permite a los políticos lo que nunca se permitió ni a los maestros ni al emperador Augusto: esconder sus casas. El estado moderno entra en la casa y en la escuela, desautoriza a padres y a maestros proclamando que cualquier coacción (educativa) a la libertad del joven es antidemocrática y perturbadora y pone en manos de los hijos la posibilidad de denunciar a sus padres y maestros ante los jueces del estado. La razón fundamental es que los actos de autoridad, en el seno de la familia y por extensión y delegación en la escuela, ordenados a la educación de la libertad del joven, son percibidos como actos contra una libertad (moderna) ilimitada y abstracta y, por tanto, como actos de poder, y el poder sólo lo detenta el estado. Ahora, cuando la desautorización de los maestros aboca a una violencia física que ya preocupa a la sociedad, el estado pretende devolver autoridad delegando poder. Otro empeño inútil en la línea de la progresiva conversión del estado liberal en un estado totalitario, que legisla sobre cada aspecto de nuestra vida. Ya se había visto esto en las sociedades de corte fascista y comunista. Sólo que ahora la labor es mucho más sutil, como ya habían predicho algunos pensadores proféticos de la talla del ruso Nikolai Berdiaev.

Políticos, magistrados, intelectuales, periodistas, etc. han renunciado a ejercer autoridad alguna sobre nosotros. Han descubierto que se puede detentar el poder sin haber recibido ninguna autoridad y que, además, el ejercicio de la autoridad suele conllevar el abandono del poder, motu proprio, o el desalojo, más o menos violento, del mismo. Saben (o intuyen) que la permanencia en el poder obtiene su estabilidad de una base moral de autoridad (o sea, el poderoso detenta su poder y el súbdito lo recicla como autoridad). Esto es así porque el hombre no está hecho para soportar el poder de sus semejantes, pero sí para reconocer su autoridad, remitiéndose así a su constitución original como criatura. Por ello, nuestros poderosos no dudan en moralizarnos diariamente, copiando las más casposas formas de los sermones eclesiásticos que tanto detestan, con la diferencia de que introducen de forma subrepticia su púlpito electrónico en el comedor de nuestra casa, pero tienen mucho cuidado, a diferencia de Augusto, de que nosotros no podamos echar un ojo a la suya. Yo siempre recuerdo la iglesia de mi pueblo abierta y, en frente, el Ayuntamiento, con un guardia armado en la puerta."

sábado 31 de octubre de 2009

Cómo devolver la autoridad a los profesores

Devolver la autoridad a los profesores es imposible.

Algo nos pasa cuando creemos que la manera de devolver la autoridad a alguien consiste en ponerle una porra en el cinturón. Quizás que no sepamos lo que significan las palabras. Quizás que vivamos en una sociedad crecientemente totalitaria.

Deseo explicarme: es un acto de justicia proteger al débil, y generar mecanismos de defensa que estén al servicio de quienes se hallen en una posición de fragilidad. Los profesores de educación secundaria y bachillerato tienen hoy una de las labores más delicadas de nuestra sociedad, puesto que están cargados con una gran responsabilidad y carecen de la libertad y de los instrumentos necesarios para responder a dicha presión. Además, para colmo de males, se encuentran expuestos a la agresividad y malicia de los adolescentes.

Adolescentes que, permítanme decirlo aunque no sea políticamente correcto, viste, hablan y se mueven como si la raza española estuviese sufriendo una acelerada regresión a formas homínidas previas al homo sapiens. Ya sé que generalizar es asegurarse errar, pero que cada uno tome de la salsa la cantidad que apetezca. En general, carecen de gusto, no han sido educados en la pasión por la realidad, son anodinos y sensibleros, incapaces de generar preferencias vitales más allá del consumo, desconfían de la grandeza de la vida y del hombre y tienen un campo de intereses que cabría en el armario empotrado de una ratonera. Por supuesto, no es sólo culpa suya. Una caterva de políticos, pedagogos, moralistas de salón (de izquierdas y de derechas), profesores inútiles, padres prófugos y demócratas morbosos (que diría Ortega) y muchos, muchos estúpidos liberales que creen en la neutralidad de la razón y no consideran apropiado transmitir su tradición, se han conjurado, con descarada alevosía, para constituir la mayor generación de ignorantes que hayase visto transitar como gañanes por las profundidades rústicas de Castilla. La culpa, especialmente, para los bárbaros que nos gobiernan, tan mal, desde hace tanto tiempo.

Se le ocurre a nuestra Consejera de Educación,en Andalucía y ante este status quaestionis, decir públicamente y sin que se le caiga la cara de vergüenza que la sociedad reclama más seguridad a cambio de menos libertad. ¡Franco! ¡Franco! Y se le ocurre a la Presidenta de la Comunidad de Madrid reclamar que se proteja a los profesores considerándoles, a efectos de las agresiones, funcionarios públicos. Ya digo, esto último es de justicia; pero no, no es la solución. Es como si yo denunciara que me están robando y la policía me regalase una pistola. Defenderé con ella mi vida, si mal me veo, pero esa no es la solución.

La autoridad no puede ser devuelta desde el poder. La autoridad es una conquista. La autoridad no se concede. En todo caso cuando se ve se reconoce. Necesitamos profesores con autoridad, y para que ésta se dé hacen falta dos cosas: capacitación y maestros.

En cuanto a la capacitación, es necesaria en todos los niveles educativos. Un amigo mío, muy inteligente, dice que es profesor de bachillerato porque no está preparado para ser profesor en primaria. ¿Y cómo capacitamos a los profesores de primaria? Con pedagogía: lo que quiere decir, hoy en día, darles técnicas y más técnicas, es decir medios. ¿Para qué fin? ¿Para llegar adónde?

Lo de los maestros es más difícil. Requiere universidades libres, abiertas, de las que carecemos. Requiere testimonios de humanidad, que es nuestro sector menos productivo. Sólo puede ser autoridad quien sigue a alguien que lo es para él. Sólo se reconoce una vida grande si se anhela, si se busca, si se quiere, y si se encuentra. Ahora estamos enviando a niños LOGSE, con un bañito de pedagogía, al aula, a enseñar. Como no saben les damos más y más recursos, que es como aguachinar a un hidrófobo. Como no son reconocidos por sus alumnos como autoridad, les ponemos un policía en la puerta. ¿Se ganarían más el respeto de los chicos si les ponemos en el pecho una estrella de cinco puntas, si los hacemos sheriff? Las aulas tienen barrotes en muchos colegios, no sé si se les habrá ocurrido ya el poner detectores de metales, y pronto se someterá a los alumnos a regímenes de visita y a trabajos para reducir su condena. ¿Hasta dónde creen que se puede llegar por ese camino?

Protejan, protejan a los profesores, por favor, que no les casquen más, y ya, de paso, dimitan, a ver si de una vez viene alguien que sepa lo que se trae entre manos.

martes 13 de octubre de 2009

¿Qué es ser ortodoxo, en la Iglesia?

La ortodoxia, en la Iglesia, no consiste en afirmar una serie de doctrinas o ideas, en aceptar un ideario, y mucho menos en tener unos “valores” o defender unos principios.

La distinción inadecuada entre teoría y práctica, o la división del saber en compartimentos separados, y del hombre en áreas diversas (razón, afectos, etc...), así como la incapacidad de un pensamiento que encuentre la unidad entre los conocimientos (o en el ser humano) nos arrastra, con frecuencia, no sólo a errores conceptuales, sino también a esconder nuestro marasmo intelectual bajo una cortina de sutiles divisiones y bajo los lenguajes diversos de las ciencias.

Así, hemos terminado por comprender la ortodoxia, dándole la espalda a toda la tradición de la Iglesia, como la aceptación de un conjunto de “creencias” o, peor todavía, como la defensa numantina de lo que, en otra curiosa y extravagante diferenciación, denominamos “jerarquía” (frente al “pueblo”, como si no formara parte de él).

De nuevo podemos comprobar que los males que aquejan a la Iglesia provienen fundamentalmente del interior, de la debilidad de los cristianos. Si bien es cierto que el panorama intelectual español siempre ha tendido a ser dogmático, y que hoy, en nuestro contexto, los pensadores católicos son infravalorados (no sucede así en Francia, Italia o Alemania, pero sí en España, donde todo predominio cultural ha tendido y tiende a ser intolerante), también es necesario decir que en buena medida el pensamiento cristiano ha abandonado de tal forma su propio universo vital (tradición) que no se diferencia -ni aporta novedad alguna- al pensamiento que podríamos denominar, para entendernos, como “secularizado”.

Al final muchos cristianos (mal)interpretan, al estilo liberal o marxista, que la ortodoxia es la afirmación intelectual de un ideario, y que no es ortodoxo quien no “piensa igual”. Están en el mismo camino quienes señalan que la Iglesia es una institución conservadora que impone una ideología fija, dictada por una jerarquía, e incapaz de “adaptarse” al mundo moderno. Por último, ya en el colmo de la esquizofrenia, algunos cristianos de buena fe han interiorizado tanto estos criterios que quieren encargarse ellos de “adaptar” el catálogo de opciones morales, teológicas, filosóficas, etc., en que creen que consiste la Iglesia, a los nuevos tiempos. ¡Que no nos enteramos!

La ortodoxia es la participación en la marcha de la fe, el ser parte del Cuerpo de Cristo, caminar en la historia profundizando en el acontecimiento cristiano (que no es una teoría, sino el encuentro personal de cada uno con Cristo, que permanece en la Iglesia). No es, por lo tanto, una “opción intelectual”, sino el tomarse en serio la propia experiencia de encuentro con el Señor, para que Él se constituya, por la Gracia, en el centro de la vida y la ilumine por entero. Porque Cristo tiene que ver con todo.

En esta experiencia las diferencias nunca son motivo de separación, sino de crecimiento. Lo universal no surge de lo local y no lo niega, ni lo oculta. El otro no es un enemigo, ni un “ajeno”, sino que es parte, conmigo, del Cuerpo de Cristo, y es así carne de mi carne y sangre de mi sangre.

La Eucaristía es la escuela en la que aprender a vivir esa unidad entre los miembros dolientes (por el pecado, pero llenos de la Esperanza que nos da el Señor) que somos cada uno de nosotros, siempre que no se reduzca a una práctica piadosa, y sea comprendida como participación, por Gracia, en el Cuerpo de Cristo.

jueves 8 de octubre de 2009

¿Hay alguien que ame la vida y desee días felices?


Nuestras sociedades han logrado una capacidad de bienestar que resultaba impensable hace sólo una generación. Nunca se puede decir que la vida sea fácil, pero sí podemos afirmar que hoy resulta mucho más fácil (cómoda) que en ningún otro momento de la historia.
Sin embargo, ¡qué difícil es encontrar una compañía verdaderamente humana, en la que uno se sienta querido y abrazado tal y como es! Porque el anhelo más grande que tiene el ser humano es encontrar un amor incondicional, una fraternidad tal que supere, ¡e incluso abrace! las debilidades, defectos y deserciones con las que tropezamos cuando nos tomamos en serio. Conste que si nos tomamos en serio no sólo encontramos debilidades, defectos, errores y cobardías. También descubrimos un deseo grande por tener una vida plena.
¿Es así? ¿No nos resulta especialmente difícil amar la vida? ¿Quién puede querer la vida (¡que venga otra vez!) si no ha sido abrazado por un amor incondicional? ¿Cuántas personas se encaminan al matrimonio deseando amar a su pareja incondicionalmente? ¿Cuántas son conscientes de que eso, ser amadas así, es lo que en verdad desean?
Es imposible amar la vida cuando no hemos encontrado un amor atravesado por esta fuerza, del que todo otro amor no es sino una metáfora más o menos desacertada. Como el liberalismo nos ha educado en las relaciones contractuales, en el deber y en el derecho, en las pequeñas virtudes y en los sucedáneos de la existencia, hemos acabado interpretando todas las relaciones humanas a partir de estos parámetros, y el resultado es que nos hemos quedado solos, hemos perdido el gusto por vivir y, por lo tanto, por transmitir la vida. Apocados y escépticos nos tornamos egoistas, y para no darnos cuenta de que somos desgraciados nos dejamos atrapar por ideologías y meapilas de cualquier partido, incapaces de tomar en serio nuestra propia experiencia.
El problema de nuestras sociedades no es, en el fondo, la decadencia de los valores, la falta de una educación moral o ciudadana, la violencia juvenil, las drogas, y demás moralinas progres o retros. Nos empeñamos en charlotear sobre lo superficial y negamos lo más evidente y profundo, de lo que el resto son derivados: nos falta el gusto por la verdadera vida. Como dejó escrito Dostoievski al final de sus Memorias del subsuelo, ya no sabemos qué es la vida verdadera, ni qué es la realidad: vivimos de libros (ideologías), hablamos del hombre corriente y no tenemos la más mínima noción de lo que eso significa, hemos decidido perder todo contacto con la realidad, desearíamos nacer de un libro, sólo apreciamos nuestra existencia cuando huimos, al escapar “de la rutina” los fines de semana, o nuestros jóvenes al emborracharse detrás de El Corte Inglés (parece que quien eligió el lugar del botellón hizo una curiosa broma antropológica). Vivimos una vida falsa, entregados a ocupaciones cuyo sentido se nos escapa y, por lo tanto, profundamente solos. Solos, porque carecemos no sólo de respuestas, sino hasta de preguntas.
Falta lo humano. Falta la mirada del poeta Leopardi a las estrellas (“¿y yo, qué soy yo?”), del cartero de Neruda que imaginó Skarmeta (“Toda la realidad es una metáfora de otra cosa”), de los paisajes de Caspar David Friedrich, de las miradas de Giotto. Nos falta lo humano: ¿hay alguien que ame la vida y desee días felices?
¡Estamos tan equivocados en nuestros planteamientos, tan cegados por palabras vacías, tan abstrusos ante las evidencias más fundamentales! Así, planteamos el problema del aborto como si se tratase de la discusión entre dos concepciones de la realidad, o entre dos ideas del bien o entre conservadores y liberales (aquí no hay socialistas: son liberales cabreados). Insistimos: no es un problema de “valores”, ni de “poder”. Es algo más sencillo y fundamental: nos falta la alegría de vivir.
Es irónico, sin duda, que nuestro Presidente del Gobierno piense que su hija de 16 años no puede decidir si salir o no en una foto ya que, como ha dicho Fernández de la Vega “esa decisión es un derecho exclusivo de los padres”, y sí piense que una niña de esa misma edad puede tomar sola la decisión de abortar. Sin su novio. Sin sus padres. Sola. Sola. Sola. Confundimos libertad con soledad, con fragilidad, con dependencia, llamamos libre al esclavo, fuerte al débil, vida a la muerte, derecho a la barbarie. Necesitamos negarnos a nosotros mismos porque nos aborrecemos en secreto. Sospechamos de toda relación. No creemos que se pueda amar a un hijo aunque no se le espere, aunque no sea “elegido”, aunque no se corresponda con el plan de vida que hemos ideado. Es mejor negar la realidad. Es mejor negar la vida. Es mejor matar que vivir. Es mejor seguir amargados y empobrecidos. ¿Hay alguien que ame la vida y desee días felices? Si existe ese alguien, estamos seguros de que no está solo.


Marcelo L. Cambronero y Feliciana Merino Escalera (publicado en Ideal de Granada)